
Caminaba lentamente, apoyando cada paso con firmeza, exhalando el aire que le congelaba los pulmones, los años no pasaban en vano, pero aún así se sentía con fuerzas renovadas, pareciese como si esa carta le hubiese devuelto la vida a esas manos agrietadas de escarcha, tan castigadas durante la guerra civil. Sus andares eran tardíos, desde pequeño siempre tuvo problemas de equilibrio, su altura por lo general le había supuesto un problema, y ahora, recién jubilado, ese defecto se había vuelto más vulnerable que nunca. Su cabello, castaño como un roble en el Otoño, sufría unas severas entradas acompañadas por un tono canoso que cada día se le iba extendiendo más por todo el cuero cabelludo. No obstante, sus ojos eran lo más significativo de sus rasgos físicos, castigados por la edad, aún relucían negros bajo esas pobladas cejas. Su mirada había sido la causante de muchos sufrimientos años atrás, causaban el terror entre sus víctimas, pues quien miraba directamente a los ojos del castigador errante, sabía que sería la última visión de su vida.
El ambiente de aquella noche era gélido, lo suficiente como para que comenzase a nevar en cualquier momento, pero no le preocupaba. El camino, peligroso y embarrado, amenazaba con truncar las esperanzas de cualquiera que quisiese desviarse del sendero, pero ya lo conocía. Su objetivo comenzaba en la lejanía, allí donde las luces de la ciudad daban resguardo y seguridad a sus habitantes, sin embargo, sabía que tardaría días en llegar a pie, por lo que su decisión era irrevocable: tenía que tomar otras alternativas. La cercanía de una estación de tren lo incitó a llegar a ella, pero pasarían horas a pie hasta que llegase a su destino. La luna lo contemplaba severa, vigilando cada uno de sus movimientos, y él, se sentía acosado por la luz que ésta destellaba... ¿lo sabrá ella? se preguntaba continuamente mientras se volvía a abrochar una y otra vez su chaqueta, tal vez si lo supiese, habían sido demasiadas noches pensando en el patio de su casa, quizás en algún momento ella se percató de que varias veces resbalaron las lágrimas por el filo de su cara, sí, no había duda de que ella lo sabía.
Aparentemente, lo que más le apenaba de todo aquello era su mujer, la cual había dejado sola,
desprotegida en su casa, sumergida en sus dudas, atormentada por sus recuerdos... el día que se casó con su marido se condenó eternamente. El castigador pensaba en ella, en los buenos momentos vividos a su lado, en el beso de buenas noches que cada día de su vida le había regalado, pero tenía la sensación de que ya no la volvería a ver nunca más. Fue en ese preciso instante cuando sintió una punzada de dolor en su corazón, por primera vez en mucho tiempo había comprendido cuanto la quería, cuanto deseaba en regresar y abandonar esa locura, no
habían pasado ni dos horas desde que había partido y ya la echaba de menos. Comprendió que durante gran parte de su vida no supo apreciar lo que tenía a su lado, y ahora, cuando llegó el día de romper con el pasado, comenzaba a caer en la cuenta de todo ello. Los recuerdos deambulaban por su mente, el día en que se conocieron no se le olvidaría jamás, ella, vestida con un vestido
azul añil que dejaba al aire sus dulces hombros, le miraba insistentemente desde el otro extremo del vagón, él, vestido de etiqueta no se percató de la mirada de aquella chica. Al bajar, ella tropezó con el andén, y él, tan caballeroso como siempre, la
ayudó a levantarse:
-Gracias, caballero. Por cierto, no me gusta su chaqueta.
-Es lo mínimo que podría hacer por usted, señorita. ¿No la gusta? mira que me han comentado que son malas la mujeres de estos lares...
-Dicen que somos malas, porque nos han dibujado así -insistió ella con una sonrisa-.
-Sí, puede ser. Pero os han dibujado tan bien...
Ahora, caminando hacia su destino, comenzaban a pesarle los recuerdos, los momentos que en su día dejó
guardados en un cajón, los besos robados al tiempo... decidió parar, necesitaba tomarse un descanso. El corazón de hielo que siempre le había caracterizado, comenzaba a
resquebrajarse.