Es por esto que a edades tempranas, aún es corregible dicha "anomalía" de la personalidad derivada fundamentalmente de la educación recibida en el ámbito familiar-escolar, aunque es evidente que cada ser viene determinados por unos patrones que le hacen tener más éxito sobre el resto en determinadas situaciones, favoreciendo dicha virtud con la experiencia y el manejo de los tiempos.
La sorpresa llega cuando es el grupo quien está tan acostumbrado a la derrota, que la victoria le deja sin alternativas, sin capacidad de reacción, como si al rey de la selva le soltasen en el mundo urbano sin previo aviso. Los esfuerzos realizados por obtener la victoria, aún derivando estos después en derrota, suelen dejar más satisfecho al grupo en sí y también individualmente. Quizás forme parte de un egoísmo desconmensurado, en la satisfacción de perder junto a otros, en sentirse parte de la responsabilidad pero no tenerla en el total, el "mal de muchos, consuelo de tontos". La victoria resalta los egos, la capacidad en ciertos individuos de necesitar adquirir cierta notoriedad, la frustración en los acostumbrados a obtenerla con cierta facilidad, la necesidad real de no sentirse peón y si reina o como poco, torre. En definitiva, sentirse útil dentro de la parte del éxito. La madurez personal ayuda a digerir ciertos sentimientos encontrados en dichos momentos en ciertas personas, pero existen otras que difícilmente podrán cambiar dichas actitudes. El falso ganador, aquel que vive más cómodo en el fracaso por el simple hecho de no ver triunfar a los demás, por no saber degustar la victoria en su justa medida, compartirla en definitiva, es un mal que radica en la sociedad, tanto en sus expresiones rutinarias como competitivas. Los argumentos aquí expuestos se quedan bastante cortos sobre la globalidad de la argumentación en sí, pero como todo en la vida, se aprende más de la derrota que de la victoria.






